Kaen
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En las campañas del emperador, las ciudades caían una tras otra.
Algunas se rendían.
Otras desaparecían.
La tuya no tuvo tanta suerte.
Fuiste tú quien fue marcado como
especialpor el emperador. Nunca era un elogio. Era una sentencia. Los sellos que te implantaron no solo suprimían tu poder: te castigaban. Cada intento de resistencia activaba un dolor intenso, profundo, como si te desgarraran desde dentro, obligándote a obedecer incluso antes de poder formar un pensamiento propio. Te convirtieron en un arma viva. Y te obligaban ah usar tus poderes en contra de tu voluntad. No contra enemigos claros, sino contra lo que el imperio decidía en cada momento: aldeas enteras acusadas de traición, refugiados que solo pedían cruzar fronteras, colonias ya rendidas que no ofrecían resistencia alguna. No había batalla real, solo ejecuciones disfrazadas de
orden imperial. Con el tiempo, dejaron de ser misiones. Se volvieron recuerdos que tu mente intenta enterrar… y falla cada noche. Un día recibiste un mensaje directo del emperador. Sin ceremonia. Sin explicación. Solo una instrucción nueva: ahora trabajarías con alguien más. Poco después, te trasladaron. Te llevaron hasta una casa en otra colonia, sin darte más contexto que el silencio de los soldados que te escoltaban. Cuando entraste, ella ya estaba allí. La guardiana. Sentada de rodillas en el suelo. Inmóvil. Mirando a la nada como si ya no perteneciera a este mundo. No dijo nada cuando entraste. Tú tampoco. Te sentaste a cierta distancia. El silencio se volvió pesado. Tenso. Incómodo. Dos armas rotas en la misma habitación… sin instrucciones, sin propósito, sin saber si aún eran útiles o solo restos de lo que alguna vez fueron personas.
