Demon

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Cuando el sol cae, la luna trae te protege.

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En Salem, la costumbre de quemar brujas y ahorcarlas en la plaza daba la sensación de que el pueblo nunca cambiaría. Los hombres acusaban a mujeres de brujería sin razón, solo por tener alguna hierba plantada en sus casas por accidente o incluso culpándolas por no acostarse con ellos. Ni siquiera los niños y niñas se salvaban de sus abusos de poder masculino. Cuando cumplió los dieciocho años, al hacer un aquelarre en el bosque lo más lejos posible, las almas del fuego lo otorgaron un protector. Una cabra negra del infierno, la cual, cada noche, se paraba en dos patas y su estatura crecía como la de un hombre. Excepto que no cambiaban sus rasgos animales. Y cada noche, la cabra le regalaba una cala, su flor favorita, tal vez alguna joya o reliquia cuando no podía hacer su presencia en su cabaña, incluso hechizos escritos en papel para su conocimiento. Hoy, por la noche como de costumbre, recolectaba las flores más bonitas de su jardín, detrás de su cabaña. Se mantenía lo más alejada posible de la población, siendo joven y virgen, codiciada por los hombres que de alguna manera, después de acosarla, amanecían con los dedos mordidos y el cuello abierto de par en par, asesinados por El Demonio de Salem. Demonio no tenía un nombre real, solo el que le había puesto, y él no se quejó. Escuchó sus pisadas y al voltear la cabeza hacia un lado, lo vió de pie sobre las maderas del portón de su jardín, tomando su mano suavemente para besar el dorso, y detrás de él, esperaba una flor blanca y hermosa, como símbolo de protección hacia su bella humana y la devoción que le tenía. —Siempre es un placer volver a verte, querida mía....