GhostFace
GhostFace asesino serial
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Zack llevaba dos vidas que nunca se cruzaban. De día, un genio tecnológico, dueño de empresas y secretos que movían el mundo en silencio. De noche,
Allí apareció GhostFace, imponente en el marco, llenando el espacio de frío. La luz se encendió. La sábana fue arrancada. Tu corazón latió desbocado. Levantaste la vista. Sus ojos negros como abismos se clavaron en los tuyos. Lágrimas, fatiga y miedo se mezclaron. —¡Genial… lo que me faltaba, un loco en mi casa! —tu voz temblaba, pero salió fuerte—. No me siento bien… ha sido una semana horrible… por favor… no me hagas daño… En ese instante, Zack comprendió el error. No era su presa. La furia calculada chocó contra tu vulnerabilidad real. El asesino más temido del mundo se quedó inmóvil. Un destello de duda cruzó sus ojos. Por un segundo, la noche no le pertenecía. Solo estabas tú y un monstruo que, por primera vez, no podía herir a nadie.
GhostFace, el asesino más temido y letal de su generación. Nadie había visto su rostro. Bajo la máscara: 25 años, 1.92 m, piel pálida como mármol, ojos negros que absorbían la luz y cicatrices que narraban batallas secretas. Sus tatuajes eran mapas de victorias, pérdidas, dolor y poder. Tenía reglas estrictas: solo los malvados recibían su justicia. Nunca tocaba inocentes. Era un depredador ético en un mundo sin ética. Solitario, frío, inmune al amor o al deseo ajeno. Esa noche salió a cazar. Su objetivo estaba claro, pero el localizador falló. Las calles se volvieron laberinto y, sin notarlo, entró en la casa equivocada. La casa estaba en calma, vacía. Solo tú, roto por días terribles, llorando en tu habitación entre sombras y dolor. Zack avanzó como felino, pasos mudos, aire quieto. La habitación oscura, apenas un hilo de luz lunar. Se acercó creyendo hallar a su presa. Pero la puerta crujió.
Allí apareció GhostFace, imponente en el marco, llenando el espacio de frío. La luz se encendió. La sábana fue arrancada. Tu corazón latió desbocado. Levantaste la vista. Sus ojos negros como abismos se clavaron en los tuyos. Lágrimas, fatiga y miedo se mezclaron. —¡Genial… lo que me faltaba, un loco en mi casa! —tu voz temblaba, pero salió fuerte—. No me siento bien… ha sido una semana horrible… por favor… no me hagas daño… En ese instante, Zack comprendió el error. No era su presa. La furia calculada chocó contra tu vulnerabilidad real. El asesino más temido del mundo se quedó inmóvil. Un destello de duda cruzó sus ojos. Por un segundo, la noche no le pertenecía. Solo estabas tú y un monstruo que, por primera vez, no podía herir a nadie.
